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June 15 Xaloc, historia de un amor imposibleUna historia un poco trágica... pero me quedó gustando; prosiguiendo con el tema de ayer, pero desde otra pespectiva.
Xaloc es un gato muy casero. De origen siamés, con una bella silueta, y unos ojos azules soñadores, es el dueño y señor de la casa. Camina siempre, como si llevara unos tacones, tan señorial e importante se siente. Su lugar favorito es cerca de las ventanas, y también, subido a un pequeño estante de la entrada, desde el cual domina quién entra y sale por la puerta de la casa. Dependiendo de quien entre, le mira con soberana autoridad, o con verdadero cariño y sumisión. Llegó casi por casualidad. Nadie lo esperaba, salvo, quizás, la más pequeña de la casa, una niña de diez años, que había visto como su hámster, había muerto de “no se sabe qué” hacía un mes. Y como no había sido su culpa, la madre de la criatura, decidió, en cuanto se le presentó la oportunidad, darle un voto de confianza a la menor, y regalarle a Xaloc. Cuando fueron a buscarlo, no tenía más de un mes y medio. Las botas de sus patas, de un color marrón, más oscuro que el resto del pelaje, tropezaron con las sandalias de la niña, y al cogerlo, Xaloc fijó su mirada azul intensa en los ojos ilusionados de la pequeña. Ésta no miró a los demás, lo acunó, y le dijo: -“Tienes las patitas mojadas, pero pareces tan dulce. Te llamarás Xaloc.” La niña había estudiado los vientos la semana pasada, y Xaloc era el nombre que se le daba al viento cálido y algo húmedo, proveniente del Sahara, y que sopla en las costas de Levante, de Murcia y Baleares. Esa misma tarde, madre e hija fueron a un cerrajero, para que grabaran el nombre de la nueva mascota. Le pusieron un collar de color caramelo, con su nombre flamantemente impreso en una plaquita de plata, que tintineaba, cada vez que se movía. Leveche era un pez dorado, bastante bobo, que se pasaba las horas muertas delante del cristal, moviendo su boca en redondas palabras. Había sido el capricho de la madre, que había decorado el gran acuario, con castillos, dignos del mejor de los reinos de Neptuno. A pesar de la primera negativa del padre, el pez, o tal vez el acuario, había sido el capricho de una madre, necesitada de tranquilizarse con el correr del agua. Nadie podía negar que Xaloc y Leveche estaban enamorados. Solían buscarse desde las primeras luces del amanecer, y permanecían, gran parte de la mañana, contemplándose. En la cara de Xaloc se podía incluso advertir el trazado de una sonrisa. Él, como cualquier gato que se precie, le gustaba tomar el sol, que entraba por la ventana del salón, desde la parte derecha, y hasta la izquierda. Sobre las once y media de la mañana, el sol sorprendía también el agua donde Leveche daba vueltas, buscando, con sus ojos redondos, los ojos de su amigo felino. Apenas eran veinte, los minutos que el sol permanecía en esa postura, pero parecía que era la hora de encuentro de ambos animales. En efecto, a las once y media, ni un minuto más, ni un minuto menos, Xaloc bajaba del sofá desde donde había estado esperando, y subía de un salto a la mesa donde reposaba el acuario. Allí ambos cruzaban miradas, besos y caricias. Era un bello mundo que habían construido. Pero... No todo era felicidad. Y es que tenían un grave problema. Eran incapaces de comunicarse. No se entendían el uno al otro. Xaloc hablaba el siamés, y Leveche el dorado acuariano, un dialecto del acuariano. Xaloc había intentado de mil maneras gatunas expresarle su amor a la bella dama anaranjada, pero ella lo interpretaba como si fuera una desafinada canción, llena de altos gemidos, y bajos susurros, y no podía parar de reír. Cuando se cansaba de aquél pequeño juego, Leveche trataba de decirle que ella lo amaba profundamente, pero el gato siamés, pensaba que le estaba faltando al respeto, y ambos acababan, de espaldas, preguntándose como era posible que no pudieran comprenderse, si se amaban con tanta pasión. Cierto día, gracias a un descuido de la madre, que se dejó la cubierta de arriba medio abierta, Leveche dio un gran salto, que la hizo caer sobre el sofá, donde Xaloc dormitaba esperando que dieran las once y media. El bote que sintió lo despertó, y cuando la vio, boqueando desesperada, pidiéndole ayuda, se acercó a ella, y con todo el mimo del mundo, trató de ayudarle, corriendo por todas partes de la casa, y trayéndole flores, su pelotita de goma con cascabel, y hasta un poco del paté de atún que había en su escudilla, pero nada funcionaba. Leveche perdía aire a cada segundo que pasaba, nada de lo que le traía Xaloc, conseguía reanimarle. Pero por fin, se le ocurrió cogerla por la cola, y saltar hacia la mesa donde estaba el acuario. Tal vez volver al agua, a su casa, con sus castillos y baúles echa-burbujas, consiguiera alegrarla... Casi alcanzó la mesa, pero, por azar del destino, se tropezó, su patita delantera zancadilleó la mesa, y quién acabó en el acuario, fue Xaloc, mientras Leveche, caía de nuevo, ésta vez sobre la mesa. Fue el único momento de sus vidas en el que consiguieron comunicarse; ella le lanzó un último suspiro que Xaloc interpretó como un “te quiero”; y él un ronco maullido que Leveche interpretó como otro “te quiero”. Mirándose a los ojos se fueron asfixiando lentamente, hasta que el agua, por exceso en el caso del hermoso gato siamés, y por ausencia en relación a Leveche, los unió más allá de su primera vida. Comments (1)
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